Empezó desde que era muy niño, mucho, en una tierra que ya no existe. Una maestra nos dejó hacer una presentación dedicada a un país de América: el que fuera, el que quisiéramos.
Yo elegí Colombia.
Aprendí de su capital de oro y esmeralda, de su historia de sangre y fuego, de su bandera de tres destellos horizontales y luminosos, de la intensa sonoridad de sus topografías (Bogotá, Cali, Valledupar, Cartagena, Guaviare: nombres que son compases, tambores; nombres contundentes).
Allí me enamoré. Pero como todos los amores que he tenido, es platónico, es lejano, es imposible.
Fui creciendo y las noticias que llegaban desde El Dorado eran memorables: mafiosos todopoderosos, de alcaldes trepados en elefantes, de mariposas amarillas, de candidatos acribillados, de un intenso color verde, de relojes arrebatados a través de cristales de autos. Y yo veía a mi amor platónico como si fuera una mujer hermosa y enferma. Era yo muy tonto. Aun lo soy.
Me faltaba saber lo que se siente estremecerse de placer al escuchar el acento colombiano en labios de una mujer hermosa. Tuvo que llegar un intenso olor a café para saberlo. Ese día Colombia volvió a brillar en mi imaginación como lo que es: una perla rara donde la gente es tan culta que se despide "te leo o me lees", donde los amigos más queridos se hablan de usted y donde se tratan de doctor y suena de maravilla escucharlo.
Al lado de ese camino me encontré a Maqroll, sus historias narradas con una voz muy similar a la que contaba las historias de Elliot Ness, su subida por ríos interminables de letras perfectamente adiestradas, de olores, de frutas en el techo de camiones explosivos de color.
Sin embargo yo, que bebía desesperadamente de la música del sur para escapar de la grisura mexicana de los ochentas y noventas, no veía venir nada desde allá, nada que no fueran cumbias vulgarizadas: otra vez la mueca espantosa en la cara amada. Pero una tarde -bien lejana ya- estaba en una cama y de pronto salió del radio una lluvia de guitarras, un río de flautas, un pedazo de acordeón, una gota fría. Y aunque allí supe, faltaba: tenía que ser la voz de una mujer la que me atrapara sin remedio, la que me recuperara, me iluminara. La que me metiera en el álbum, en el estuche.
Este domingo quiero amarrar rosas y esmeraldas a las mariposas amarillas que tengo aquí y mandarlas a volar hasta Colombia, la Colombia perfecta que me corresponde sin saberlo, que me canta al oído y a la que beso cuando me la encuentro. Feliz Cumpleaños, mi amor; duerme bien, mañana estaremos tranquilos, mañana igual y te voy a visitar.
Como si hiciera falta.
Hace 32 minutos


